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Todo.

Me besas y bailo sobre la punta del alfiler que cose despacito tu alma a la mía, Y cada puntada me hace daño,  pero cariño, así es el amor.  Riegas mis ganas de pecar con tu sonrisa cada día, bailas sobre la luna cuando no está llena, y siento en  mis pies la ingravidez. Me quitas los cigarros de la boca y en vez de humo, espiro vaho, porque mi aliento tiene el poder de convertir en lienzos todos los vidrios que te reflejen, y pinto en ellos con la yema de los dedos. Dejas las copas en la barra cuando en vez de beberlas a ellas, prefieres beberme a mí, y todavía hoy no entiendes por qué te quiero.  Te quiero, amor mío, porque me rozas y se me eriza la piel, porque se me queda tu olor soldada a ella, y así te llevo a todas partes. Porque no hay ninguna rosa que no se parezca a ti en sus espinas, y en su ingrato olor que trata de superarte, pero juro que no lo consigue. Y el Sol te tiene envidia, y no hay día que no se vaya humillado por un lado d...

Por los de siempre

“Son mis amigos, en la calle pasábamos las horas” Me paso la vida escribiendo, la mayoría de las veces historias que nunca van a suceder, relatos inventados, y joder, siempre de amor, que sé que es cursi, y hoy quiero escribir sobre ellos, los de toda la vida, los que han estado ahí siempre, y bueno, aquí están. Hay mucha gente que ya ha hablado antes de lo que significa amistad, han creado hasta definiciones, y todas ellas creen estar en posesión de la verdad, y no lo niego, no quiero contradecir a Aristóteles cuando dice que la amistad es un alma que habita en dos cuerpos, no, pero yo quiero que se sepa, que nosotros somos unos cuantos. Y no están todos, cada uno tendrá su momento, pero este es para los de siempre.  Está Sara, que une el puto grupo, que tiene una sonrisa que te vuelve loca, literalmente, que  es capaz de hacerte sonreír aunque estés en las últimas, y es generosa como ella sola, tiene aura, carisma, es todo lo que quieres ser en la vida. Es un ejemplo ...

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Tú sonrisa me besa feliz, y la Luna pellizcada, que no entiende nada, sostiene aún así el cielo rosado, y rosa tus mejillas, y mis labios. Y sujeta las estrellas, a lo lejos, pero hoy más cerca que nunca.  El vino que se cae de tu copa, a mi boca. Mis palabras que tropiezan contra el muro de tus dientes, y se caen.  Y te juro,  Que no hay noche que no recuerde Que no te sueñe  Como antes.  Y tus besos que parecen manos, que me moldean, que me hacen cosquillas y van y vienen con el viento, al ritmo que empapan las olas la orilla, suave, lento, como dar el do, o el fa, o darlo todo de mí, quizás en un viejo piano, y pisar el pedal y que suene pausado, mantenerlo en el tiempo aunque se haya ido, como la luz de las estrellas esta noche, como este recuerdo en mi memoria.  Y aveces bajo a hacer la compra    Y te busco por las calles       Y a veces te veo y me hago la loca          Que quizás no es tanto...

Cuando las cosas se acabaron.

Y el corazón crujió, por ultima vez, como la bisagra de una puerta antigua que acaba por romperse. Se desquebrajó dejando un cuerpo inerte a su paso. La sangre por sus venas iba perdiendo velocidad, frenando poco a poco, encharcando las cámaras ya rotas del corazón. Había perdido la capacidad de visión, y el olfato se había desvanecido como se desvaneció el último latido. El suspiro último que había exhalado, también se perdió. Se mezclo con el aire de fuera, creando en ella un vacío.  Consumió su vida de golpe con aquella imagen en la que estabas en frente, besando a otra mujer. Sintió todo lo que lo que nunca había llegado a sentir en aquel instante, el último. Su sonrisa se torció y eso fue lo que más dolor me dio a mí. Recuerdo como andaba moviendo las caderas, cortando el aire a su paso, con su cintura. Como dejaba volar su cabello con el viento, que siempre le soplaba de cara. Y sonreía, y los hombres se paraban a mirarla, se giraban cuando ya había pasado. Era parecida a At...

Lo adictivo que resultas.

Me habían advertido de lo adictivo que resultas, de cómo tus pupilas son capaces de llevarme al fin del mundo si se choca mi mirada con la tuya. Me habían avisado de cómo si tu mano roza la mía, esta se entrega a ti. Me habían jurado que vas petrificando gente a tu paso. Que cuando andas por la calle, las chicas se paran a mirarte, y te siguen con la mirada hasta que desapareces. Que se giran a verte hasta los gatos y no te das ni cuenta. Me contaron que si sonríes las rosas se llenan de complejos, que un abrazo tuyo es el que marca el fin del invierno y que en el infierno, todos te conocen. Que cuando pestañeas, el mundo se para hasta que vuelves abrir los ojos. Que el cielo está en ellos, en chispitas de alegría, en azules anillos de vivacidad, y cuando miras hacia arriba, deja de llover, que salpicas color, que devuelves al techo de este mundo el color azul que le pertenece, y a ellas, las estrellas, las tienes todas locas, y dicen que ellas te piden los deseos a ti, por lo fugaz qu...

Madrid, nuestro Madrid.

Caminábamos de la mano por un Madrid ocupado pero alegre que nos veía sonreír impasibles, por el que callejeábamos hasta encontrarnos perdidos, hasta perdernos y encontrarnos. Un Madrid jovial, en el que íbamos al cine a ver películas de las que no nos enterábamos, utilizando absurdamente como pretexto cada estreno para pasar más tiempo juntos, gastando el dinero como el tiempo entre las butacas de una sala oscura con una pantalla gigante en la que si no proyectaban fotos tuyas, yo era incapaz de prestar la más mínima atención, pendiente siempre de tu mano que llegaba descaradamente a mí y al salir, nos cenábamos, me acompañabas a casa, y en el portal suplicaba fuerzas para poder dejarte ahí, a la deriva, despegado mi cuerpo del tuyo. Y si por la calle, nos encontrábamos, le sonreía al caprichoso destino y fingíamos ser dos completos desconocidos con ganas de conocerse aunque ya supiésemos armar de memoria el puzzle de tu piel cosida a la mía, aunque fuese capaz de dibujar sobre un fo...

Tus viejas cintas de cassette y las lágrimas de San Lorenz

Una mirada en alguna parte que dice mucho, que dice demasiado. Una sonrisa que abre el baile. Una canción que suena, que hace retumbar, que se cuela en todos los tímpanos. Un pestañeo que esconde pasos. Un cuerpo frente a otro. Una pista de baile. Me acuerdo todavía como fue aquella noche, aquel baile que abrimos bajo la luna, y que al llegar el amanecer tuvimos que parar. Me acuerdo como no sabíamos bailar y sin embargo nuestros pies embrujados por la magia de las estrellas marcaban el ritmo, los pasos, los compases y tú y yo bailábamos sin saber que lo hacíamos , mirándonos a los ojos. Recuerdo perfectamente como olía a tierra mojada a lo lejos y me envolvía el olor de tu aftersafe. Recuerdo también que yo estaba nerviosa, poco más que tú, que habías cogido el traje de chaqué a tu padre, y yo llevaba un vestido que una amiga me dejó, y unos tacones que había cogido del armario de mi madre. Me acuerdo también que había luna llena o eso dijiste. Que el oscuro cielo de una noche de vera...