Madrid, nuestro Madrid.
Caminábamos de la mano por un Madrid ocupado pero alegre que nos veía sonreír impasibles, por el que callejeábamos hasta encontrarnos perdidos, hasta perdernos y encontrarnos. Un Madrid jovial, en el que íbamos al cine a ver películas de las que no nos enterábamos, utilizando absurdamente como pretexto cada estreno para pasar más tiempo juntos, gastando el dinero como el tiempo entre las butacas de una sala oscura con una pantalla gigante en la que si no proyectaban fotos tuyas, yo era incapaz de prestar la más mínima atención, pendiente siempre de tu mano que llegaba descaradamente a mí y al salir, nos cenábamos, me acompañabas a casa, y en el portal suplicaba fuerzas para poder dejarte ahí, a la deriva, despegado mi cuerpo del tuyo. Y si por la calle, nos encontrábamos, le sonreía al caprichoso destino y fingíamos ser dos completos desconocidos con ganas de conocerse aunque ya supiésemos armar de memoria el puzzle de tu piel cosida a la mía, aunque fuese capaz de dibujar sobre un folio en blanco el mapa de tu espalda, y aunque pudiésemos recordar a ciegas el lugar en el que se hospedaba cada lunar, y cuando acabábamos por recordarnos, visitábamos mil bares, y el tiempo se esfumaba así, compartiendo vasos y besos, y de vez en cuando algún verso roto. Y drogabas con caricias a mi piel, que se estremecía al mínimo contacto con la tuya, incentivando la lujuria, en el que el vicio de tenerte se iba apoderando de mi ser, convirtiéndome en esclava de lo que yo misma había engendrado que era un amor puro y fuerte que desafiaba impertinentemente cualquier ley, cualquier predicción o cualquier augurio de muerte precoz. Y tu mirada se encontraba sobre la mía bajo la luz de muchos soles, de muchas lunas, que nos vieron crecer, que nos contenían cuando nosotros estábamos a punto de desfallecer. Y éramos sensatos, como el que se presta a que un lanzador de cuchillos, borracho, haga un lanzamiento a ciegas desde 10 metros de distancia acostumbrado a hacerlo a 5. Y éramos igual de suicidas que Romeo y Julieta. Y nuestra seguridad dependía de si me encontraba rodeada o no por sus brazos. Caminábamos de la mano por un Madrid al que prendíamos fuego a cada paso, y fumábamos pitillos volviéndonos locos, en el que nos comíamos a besos en cada esquina, en el que bailábamos canciones lentas y en el que nos fotografiábamos sonriendo siempre. En el que me temblaban las piernas, y el desmayo siempre era una opción. En el que me pintaba los labios y alargaba mis pestañas. Caminábamos de la mano por un Madrid que hace ya mucho que quedó atrás...
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