Lo adictivo que resultas.

Me habían advertido de lo adictivo que resultas, de cómo tus pupilas son capaces de llevarme al fin del mundo si se choca mi mirada con la tuya. Me habían avisado de cómo si tu mano roza la mía, esta se entrega a ti. Me habían jurado que vas petrificando gente a tu paso. Que cuando andas por la calle, las chicas se paran a mirarte, y te siguen con la mirada hasta que desapareces. Que se giran a verte hasta los gatos y no te das ni cuenta. Me contaron que si sonríes las rosas se llenan de complejos, que un abrazo tuyo es el que marca el fin del invierno y que en el infierno, todos te conocen. Que cuando pestañeas, el mundo se para hasta que vuelves abrir los ojos. Que el cielo está en ellos, en chispitas de alegría, en azules anillos de vivacidad, y cuando miras hacia arriba, deja de llover, que salpicas color, que devuelves al techo de este mundo el color azul que le pertenece, y a ellas, las estrellas, las tienes todas locas, y dicen que ellas te piden los deseos a ti, por lo fugaz que eres. Por el brillo que desprendes. Y que cuando anochece, la Luna no se despega de tu ventana, que vela por tus sueños, y llena Madrid de luz intentando tentarte a la mala vida. A esa a la que arrastras tú sólo con mirarte. Y dicen por ahí que nadie jamás ha salido con vida de tus sábanas. Que es imposible sobrevivir ante ti. Me habían advertido de lo adictivo que resultas, y yo, no me lo creí. Me mirabas a los ojos, y yo me juraba que podía huir de ellos en cuanto quisiese. Que no me hacían falta en absoluto tus sonrisas de humo para sonreír yo. Que tus manos eran incapaces de coaccionar a las mias, que estas eran leales, tan fieles a mí como mis piernas, a las que tranquilizaba diciendo que el temblor en el que viven, cada terremoto que en ellas tiene lugar al verte, es pura casualidad, como la casualidad del sudor de mis manos. De cada peligroso acelerón que encendía mi vida de nuevo. Y me decía que soy tan tuya como yo quiera serlo. Que no me duele en absoluto tus desprecios. Que no me importa ni una pizca, los besos que te pudieran robar. Descubrí con el tiempo que lo más peligroso de ti, soy yo misma. Que soy el yonqui que niega serlo. Que soy el fumador 'ocasional' que si no se fuma su cajetilla diaria no es persona. Que siempre regresan mis labios a los tuyos, y yo detrás. Porque sí, es cierto que me he quedado enganchada a ti, a tus besos de tornillo, a tus orejas de soplillo, tu nariz donde resbalo y caigo en tu boca. De cabeza. De perdidos al río. Mis suspiros, mis tequieros y hasta en el azúcar del café estás tú. Que mi vida pende de un hilo tan fino como tu pelo. Que colgando de tu cuello está mi coraza, mis corazonadas, corazón salvaje que grita al viento que te quiere, y este le despeina. Has convertido a mis labios a tu religión, y te dan culto siempre que pueden y has convertido también mis sonrisas en besos, mis besos en vasos y mis vasos a versos que también te claman, que te llaman, que te aman, no más que yo..

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