Echarte de menos

Todo estaba abierto de par en par, la puerta, las ventanas, los cajones... Todo menos mi corazón que se había cerrado en banda sin miedo alguno y lloraba. Lloraba porque los dos extrañábamos tu piel, porque los dos queríamos un beso más, una palabra de amor, una camiseta tuya tirada por el suelo, un 'buenos días dormilona'. Llorábamos porque al final Gere no conseguía quedarse con la puta, y la puta en esta historia eres tú, cariño. Porque huele a ti la cama todavía y me desmiente el hueco lo que el olfato me juraba. Y te echo de menos aún haber deseado mil veces que te marcharas. Me siento pequeña, invisible, frágil, delicada, y quiero seguir pero hijoputa, no sin ti. Quiero seguir bebiéndome la cerveza de tu boca y pillarme un pedo, y dejarte sin saliva con la que puedas corregir el rumbo de mi boca que se va a posar siempre sobre la tuya, sin distancia entre los dos. Verte de cerca, sentir que has traspasado con tu piel lo que quisieras haber traspasado con tu mirada, y hacerte el amor todas las noches y decirte que te quiero. Que sonrías. Oír tu boca anunciando tu orgasmo contra el mio. Recorrer la ilegalidad de todo tu cuerpo y que me apresen las ganas de comerte a besos, como antes. Que tus pestañas en el abrir y cerrar de ojos sean las causantes de cada tornado que hace temblar mi vida que enciende el ritmo de mi cardíaco y enfermo corazón que se muere por desnudarte una vez más, pero ya no estás, ya te has ido, y me preguntó sentada sobre el filo de la cama que hoy es más acantilado, el número de chupitos que me tengo que tomar para invocarte y que aparezcas, borracho como yo, como cubas, y nos reíamos como siempre hacemos, hacíamos. Ir a cenar fuera y acabar con los tacones en la mano subiendo las escaleras encima tuya mientras nos besamos la sonrisa que es interminable, que es infinita. Y vuela por la habitación de nuestra casa, la vida misma, y mis bragas. Que quiero que vuelvas, porque te echo de menos. Echo de menos salir contigo de la mano, saltarnos las reglas, pegarnos hostias contra las paredes y huir luego de todo. Sentirme presa enganchada todo el día a tu cuerpo, y que la libertad me la den tus labios. Tenerte ahí, echándome crema en la espalda,  cubriéndome con la sábana para que no coja frío y verte dormir a mi lado. Que me digas que me quieres cuando crees que estoy dormida, y que me cuentes qué tal te ha ido el día. Destrozarnos los nudillos contra el saco y que el saco se convierta en la rencorosa de la vida que nos la ha devuelto.

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